Algodones de azúcar

Artículo 21

Fueron varios los ingresos que hubo ese día en el hospital.

Su cuerpo pequeño y delgado parecía frágil pero era uno roca dura, siempre enfadada. No solía conversar, solo frases cortas, dando órdenes. Cuando no se hacía lo que ella quería, sacaba el mal genio y explotaba. Me di cuenta que había tristeza y frustración en sus formas.

Nuestro primer encuentro fue así: ¿No sabes cómo quiero las cosas? me decía. A lo que respondí:

-Es normal. No nos conocemos y estoy aquí para ayudarla si se deja, pero en los caprichos no me fijo tanto porque no forman parte de mi cometido.

Mal comienzo para las dos, aunque ya el segundo día y los siguientes fue bajando la guardia conmigo hasta llegar a esa complicidad sin palabras, en la que descubrí una sonrisa preciosa pero llena de tristeza.

Una mañana me acerqué a ella, y enfadada como siempre, me dijo que su amiga hacía un par de días que no había venido a visitarla. Que su pelo le había crecido y empezaban a asomar las canas. Que estaba y se veía horrible. La aconsejé que la llamara, pero su orgullo no se lo permitía. Me pedía sin palabras que la ayudara y me vi envuelta en el lío, deshaciendo con su ayuda, las pequeñas trenzas en su pelo africano. Cuando terminamos de desenredarlo, le dije que su cabello se me parecía a los algodones de azúcar, aunque estaba segura de que no me gustaría el sabor porque no era rosa.

Ese comentario le arrancó una carcajada y me uní a ella. Entró el enfermero comentando algo que tenía que hacerle, y cuando nos vio (yo aplicándole el tinte en su cabeza y ella con cara de felicidad), se enfadó porque se atrasaba su trabajo; a lo que le comenté que acabábamos de empezar, y que en todo caso, ya éramos dos con retraso. La miré, y no sé qué gesto pude hacer, que provocó aún más las risas.

Ella entraba y salía del hospital como si fuera su segunda casa. Venía sola, igual que se sentía. Una tarde me preguntó si tendría tiempo para hablar antes de que acabara mi turno de trabajo. Insistía en que si tenía que irme, no importaba, que hablaríamos otro día. Pero yo no podía perder la oportunidad de saber de dónde venía tanto enfado, por si podía ayudarla.

Cuando volví a la habitación exclamó: ¿por qué estoy siempre tan enfadada? He pasado toda mi vida demostrando que soy autosuficiente. Aunque he tenido que usar la silla de ruedas, me obligué a demostrar que podía criar a mis hijos, que podía vivir sola.

Habló durante un largo rato y lloró otro tanto. Yo sólo la escuchaba. No hacían falta palabras. Esa fue la última vez que la vi sonreir. Fue una sonrisa ligera que le salió del alma. Cuando volvió de nuevo al hospital, lo hizo para no volver. Dormía hasta que acabó todo. Sólo la acompañaban sus hijos y su fiel amiga.

Carmen Rosa Rivero

Carmen Rosa Rivero

Carmen Rosa es Maestra de Reiki y Auxiliar de Enfermería, con una experiencia de 11 años en el Departamento de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario Dr. Negrín.

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