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ARTÍCULO 12

También llegué a trabajar en UMI, un servicio muy especial, dado el delicado estado de los pacientes y los cuidados que necesitan. Mi paso por ese servicio fue muy breve, pero recuerdo la mañana en la que me asignaron un paciente recién operado del corazón. Le tenían sedado e intubado. Cuando fui a anotar en su gráfica la temperatura, su nombre me llamó la atención pero sus apellidos aún más, cuando vi de dónde procedía. Era un primo de mi madre que no conocía. Durante la mañana comenzó a ponerse bastante inquieto. Se movía con nerviosismo y el tubo en la garganta le hacía imposible la comunicación. La enfermera habló con él y no funcionó. Yo me acerqué y entablé una comunicación especial. Me presenté y le dije quien era mi madre. Se inquietó más y le dije que si me entendía, que me apretara la mano una vez, y si no, que la apretara dos veces. Así lo hizo. Hice otra pregunta que no tenía que ver con él y apretó dos veces. Le dije que a partir de ese momento, estaría con él durante la mañana y que su familia lo vería en unas horas, que no estaba solo. Le expliqué que lo habían operado y que todo había salido bien. Le pregunté si me entendía y volvió a apretar mi mano. Le dije el nombre de su madre y el de mi abuelo, que fueron hermanos. Su gesto fue el mismo para decirme que si.

Apareció la enfermera y se burló de mí, diciendo: ¿no ves que no se entera? ¿Cómo se te ocurre hablarle? Le respondí con una sonrisa y le pregunté que si estaba segura de eso, añadiendo: si lo que le estoy haciendo no le hace daño, me gustaría continuar con ello porque por lo menos se ha calmado y está tranquilo. Cuando se fue, le dije al paciente que se mantuviera tranquilo porque así le irían quitando la medicación y le retirarían el tubo de la boca. Eso fue lo que comentaron los médicos cuando fueron a verlo a primera hora del turno. Cuando terminé mi horario de trabajo me despedí de él. No volví a verlo pero le comenté esta historia a mi madre.

Pasado un tiempo fue a verlo. Él le explicó que se había operado del corazón y que cuando estuvo en la UMI dormido, intentaba moverse pero al darse cuenta que no lo conseguía sentía mucha angustia, pero que vino un ángel que le habló de su familia, lo calmó y que también la había nombrado a ella.

Esa historia me removió por dentro y me llevó a pensar en el cuidado que hay que tener con las conversaciones imprudentes. No piensen que no las oyen o no se enteran. Siempre he escuchado que el último sentido que se pierde es el oído y ante la duda, prefiero posicionarme en que sí escuchan, y por tanto abstenerme de comentar cosas que puedan causarles miedo o inquietudes.

Carmen Rosa Rivero

Carmen Rosa es Maestra de Reiki y Auxiliar de Enfermería, con una experiencia de 11 años en el Departamento de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario Dr. Negrín.
Carmen Rosa Rivero

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